El gasto público en cultura ha sido tradicionalmente polémico. En ocasiones es acusado de elitismo pues, según afirman algunos, se dedica a promover actividades que están lejos de las demandas de la mayoría de los ciudadanos.
Otras veces sucede justamente lo contrario, y se afirma que las inversiones en política cultural sólo sirven para distraer a la gente de sus verdaderos problemas, financiando espectáculos y entretenimiento, una moderna versión del “pan y circo”. Además, puesto que no pueden satisfacerse las demandas de todos, nadie puede escapar de la acusación de amiguismo. Añadan ustedes el “dirigismo”: puesto que no hay gestión cultural, ni de ningún tipo, sin criterios de actuación, es fácil apelar a que los gestores de la cultura desean orientar la creación de acuerdo con sus intereses ideológicos, cuando no por sus propios gustos.
Marina García Vidal
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11-agosto 2007
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