El prestigioso director, «un enfermo del alma», estrena en Bonifaz 'Tu ternura Molotov', «gran obra» de Gustavo Ott con muchas complejidades y lecturas
Una comedia implacable sobre la corrección política, la doble moral y el peso del pasado son algunas de las características que rodean a 'Tu ternura Molotov', obra escrita por el dramaturgo, escritor y periodista venezolano Gustavo Ott que fue galardonada con el Premio de Teatro 'Ricardo López Aranda' del Ayuntamiento de Santander en 2003. Hoy, este texto ambiguo, complejo, regresa a Cantabria de la mano de La Machina para poder ser disfrutado sobre las tablas. Y la compañía ha apostado por un nombre propio como Etelvino Vázquez para dirigir este arriesgado montaje que esta tarde ve por primera vez la luz.

El asturiano, que se ha labrado un merecido prestigio como director de escena, tanto al frente de su compañía Teatro del Norte como dirigiendo espectáculos para otras productoras, relata los detalles del estreno de 'Tu ternura Molotov' en la sala Bonifaz, a las 20,30 horas. Respira teatro por los cuatro costados.

-En principio, ¿qué destacaría del texto de Gustavo Ott?

-Cuando lo lees parece un texto de escritura tradicional, pero cuando empiezas a ensayar, a trabajar sobre él, empiezas a descubrir las muchas complejidades implícitas. Pero por encima de todo es un gran texto para los actores, con muchos registros, tengo mucha envidia de ellos. Mataría a Jon Ariño y saldría de suplente (je, je). Se nota que Ott es un teatrero, porque el texto es muy amplio, abierto, se nota que es teatro contemporáneo, que trabaja siempre con la ambigüedad y que obliga al espectador a trabajar y componer poco a poco el puzzle que te va aportando. Y es que es una obra de estructura policiaca, te van dosificando muy bien la información. Y luego toca muchos temas, el terrorismo entre ellos, pero sobre todo habla de las culpas y de como el pasado te pasa siempre factura, algo muy presente a diario en nuestra sociedad.

-¿Ha hablado con el autor durante la preparación de la obra?

-No, no, pero me gustaría que viese la obra. Fue muy amable y dijo que cortáramos lo que quisiéramos porque el texto es muy largo. Otras versiones de la obra ya se han estrenado en México, Buenos Aires, Portugal... Lo más importante de un pre- mio teatral como el 'Ricardo López Aranda' es que se estrene, porque premios hay muchos pero pocos en los que se estrene la obra premiada.

-Usted ha denunciado la 'pobreza' del teatro español que no se atreva a abordar obras como 'Tu ternura Molotov'. ¿Por qué?

-El teatro ha perdido buena parte de la función social que siempre le ha caracterizado. Esta obra se puede hasta definir como teatro político y los actores, productores... en muchos casos no quieren complicaciones. No hay nada de riesgo, es imperdonable que los actores que son primeras figuras, que hagan lo que hagan va gente a verlos y llenan los teatros, no apoyen a los nuevos autores.

-Y ha confiado en Laura Orduña y Jon Ariño para estos papeles. ¿Qué destacaría de su trabajo?

-Son estupendos, han trabajado muy duro y se han entregado completamente al proyecto. Acostumbrado a actores que te dan muchos problemas para ser dirigidos, ellos han tenido una entrega ejemplar y envidiable. El reto era difícil, porque son personajes que pasan por mil estadios -deben reír, llorar, sentir...- pero la satisfacción por el trabajo realizado seguro que les ha compensado cualquier tipo de dificultad.

-Repite una y otra vez la palabra complejidad.

-Sí, sí, es que el texto es muy complejo. Al fin y al cabo es teatro contemporáneo, desde los años 50 los personajes son muy complejos, nada que ver con los del teatro clásico.

-Hemos hablado del autor, de los intérpretes... Falta usted, el director.

-El director es sólo el representante sindical del público. El día del estreno el director ya murió y el trabajo anterior, si el texto es bueno, como es este caso, con muy poco que pongas, el barco va solo y debes sólo no dejar que se pierda el rumbo.

Espectador activo

-Es una obra que invita a la participación activa del público, ¿verdad?

-Es una especie de rompecabezas que el público tiene que componer en su cabeza. El asistente tiene que jugar con esa ambigüedad, con esos textos abiertos, tiene que juzgar a esos personajes: si son culpables, inocentes, si eran conscientes de lo que hacían...

-¿El público está preparado para este papel activo? Porque la cultura moderna invita generalmente a ser mero receptor pasivo...

-Sí, sí está preparado. Además tampoco se le plantea ningún teorema. Olvidamos a menudo que el arte del teatro no es el de actuar, sino el de hacer ver a los espectadores cosas que no hay en el escenario, algo que no existe, con lo cual no puede haber teatro sin espectador.

-O sea que el público del teatro es diferente...

-El teatro te obliga a pensar, algo muy bueno en el que predominan los espectáculos de tipo hipnótico. Pero el teatro es como la misa, se piensa durante y después. Es tal la cantidad y niveles de significados en un sólo segundo que hace falta la inteligencia del espectador, son muchas cosas las que se dicen al mismo tiempo y tienes que reaccionar y seleccionar. El espectador tiene que colaborar, como en la lectura, por eso la gente no lee, prefiere ser pasiva. Cuando vas al cine, si no te gusta la película se te olvida en cinco minutos, pero con el teatro no pasa lo mismo, le estás ahí dando muchas vueltas a la cabeza.

-Se estrena la obra el mismo día que se entregan los Premios Max. ¿Es un duelo contra el sistema establecido?

-No, pero como los Premios Max nunca se sabe cuándo se dan, ya teníamos la fecha preparada antes. Los Max no tienen la credibilidad de los Goya ni nada parecido. Diría que no tienen ninguna credibilidad.

-Lleva toda una vida dedicada al teatro, ¿a qué se hubiese dedicado de no producirse su encuentro con las tablas?

-Pues estudié Filología Francesa y como profesor seguro que hubiese vivido mucho mejor, hubiese ganado más dinero y hubiese tenido más vacaciones. Hice la carrera por cumplir con la familia, pero si entonces supiese lo que sé ahora jamás me hubiese metido en este mundo (je, je). El teatro es muy mala opción, se gana poco, está poco reconocido... Toda vocación es una cruz que hay que cargar con ella y el teatro, sin duda, es una vocación.

-Pero cuando le llaman tantas compañías para trabajar con ellas y dirigir sus obras y se acumula una trayectoria como la suya, compensará este desencanto.

-El teatro tiene una cosa muy buena y muy mala a la vez, que es que se hace siempre con otra gente, con lo que significa en sus dos vertientes. Y somos 'enfermos del alma', los que no lo son se dedican a hacen cortos, cine, grupos de rock...

Retraso secular

-Como protagonista y testigo directo del teatro contemporáneo en España, ¿qué análisis realiza de su evolución?

-A veces las explicaciones hay que buscarlas muchas más atrás y este en un caso. España fue históricamente un país muy inculto. La razón de 'La Barraca' no es que Lorca fuera un genio, sino la incultura. El franquismo desarrolló una política de tierra quemada de la que todavía nos estamos recuperando y que solamente en los años 70 cedió, porque en esos momentos ya era muy difícil ponerle puertas al campo. En España estamos muy, muy atrasados, y luego, tras la muerte del dictador, tampoco se ha trabajado demasiado bien en el campo teatral. Lo más importante que se hizo fue poner ladrillos, recuperar locales destruidos, pero nunca se ha apostado en realidad por el teatro, por la creatividad. Pensaban que poniendo ladrillos el teatro iba a florecer, pero el teatro nunca tuvo que ver con esto, sino con las personas, las voluntades... La verdad es que no hemos tenido suerte con los distintos Ministros de Cultura. En definitiva, que tenemos un retraso secular muy grande.

No somos conscientes de la capacidad del teatro español y de las posibilidades que ofrece una lengua tan universal como el castellano. Sólo en el siglo XX hemos tenido a dos figuras inigualables como Lorca y Valle Inclán. La tradición teatral que tenemos es grandísima y debería aprovecharse. Ya les gustaría la resto de países: los ingleses sólo tuvieron a Shakespeare y poco más; los franceses, nada desde Moliére...

-Y entonces, ¿qué consejo aportaría a los responsables políticos?

-Que la solución no es hacer cosas faraónicas, sino apostar por la creatividad. Los políticos parece que quieran dejar su impronta personal por si acaso no vuelven a gobernar en la siguiente legislatura. Y más localmente, abogó por una unión cultural entre Asturias y Cantabria.

El Diario Montañes